jueves, 6 de agosto de 2015

capítulo 1


Como cada semana desde hace un año, llegamos a aquel sitio que en un principio me parecía maravilloso. Las palmeras, los rosales y el verde césped de la entrada, te evadían de la cruda realidad que se instauraba en el interior del edificio. Una vez que entras por las puertas acristaladas todo cambia y lo hermoso de la fachada desaparece en menos de un segundo. Rápidamente te impregnas por un olor a hospital, el cual a mí me parece insoportable. Cruzamos el pasillo que conduce a la sala en la que la mayoría de los ancianos desperdician su tarde mirando sin interés alguno hacia un enorme televisor de pantalla plana. Por el camino hacia dicha sala, pasamos por una gran habitación en la que, sobre la puerta pone un cartel que literalmente dice: “no válidos”.  Siempre me ha molestado este cartel, ¿a caso a alguien le puede gustar que le califiquen como un “no válido”? no pienso que este sea el término más adecuado para referirse a los ancianos que por un motivo o por otro, sin ellos desearlo, hayan perdido la cabeza  o necesiten las veinticuatro horas del día a un o una auxiliar que les ayude a poder sobrevivir. ¿Dónde está la frontera que delimita cuando una persona pasa a de ser “válida” a ser  lo contrario? Los ancianos no son objetos con o sin validez, este cartel me parece una falta de respeto. Eché una mirada hacia el interior de la habitación, en menos de los tres segundos que me llevó dicha ojeada, pude ver como la vida nos pasa factura. Allí dentro había ancianos esqueléticos, agarrados a la vida a través de un enchufe, con un pie en el cementerio. Cada día que paso por esta zona me prometo no volver a mirar, pero me resulta inevitable. Llegamos por fin a la sala del televisor y allí estaba.  Miraba hacia el suelo sentada sobre su sillita de ruedas. Muchas mujeres, también ancianas, reposaban sobre sus respectivas sillitas muy cerca de mi abuela, como si fuesen una pandilla de amigas que se reunen para hablar de sus ligues, solo que este grupo de mujeres no hablaba. Quizá se sentaran juntas para no sentirse solas, simplemente para escucharse respirar. Mis padres y yo las saludamos efusivamente, pero ninguna de ellas nos devolvió el saludo. Aceleré el paso y me arrodillé para poder besar y abrazar a mi abuela.
- ¡Doli! ¿cómo estás?-me respondió con una sonrisa entre lágrimas -¡tenía muchas ganas de verte!
- ¿Qué tal suegra? ¿cómo andamos? ¿se encuentra usted mejor?- dijo con su sonrisa intachable mi padre. Me encanta que sonría siempre, por muy dura que sea la realidad.
- Mamá, ponte derecha que luego te duele la espalda. Deja que te de un abrazo.
Mientras mi madre se abrazaba con la mujer que le dio la vida, recordé aquel primer día, a principios de julio,  cuando llevamos a la abuela a la residencia de la que desde entonces no había salido. Por aquel entonces, Dolores, mi abuela, tenía un comportamiento un tanto arisco, lejos de lo sumisa que muestra ahora.  Negaba su enfermedad ya evidente, aquella por la cual, desde hace dos años, empezó a decir cosas extrañas. Como si un gusano se hubiera acomodado en su cerebro y empezara a deborar todos sus recuerdos, del más reciente al más lejano. Ya no podía seguir viviendo sola en su piso. Había llamado en tres ocasiones a la policía para decirles que le robaban en su casa. Dolores no comprendía por qué las cosas no seguían en el sitio donde ella recordaba dejarlas y prefería echarle las culpas a otra persona. Fue por esto unido con otras muchas anéctotas por lo que mi madre, junto a sus dos hermanas, decidieron que lo mejor para la abuela era llevarla a una residencia, con otras personas de su edad.

El ensordecedor grito de un anciano con el rostro chupado y piernas frágiles de cristal me devolvió a la realidad. Volví la mirada hacia mi abuela, la mujer que me ha cuidado durante años mientras que mis padres trabajaban, aquella a la que siempre le he tenido un cariño especial y con la que he pasado horas y horas desde el inicio de mi existencia. Me estaba sonriendo, y yo, tristemente, no pude evitar curvar mis labios, mostrándole una forzada pero bonita sonrisa. Y es que, en realidad, llevo tiempo interpretando un papel de niña feliz que no me corresponde, pero eso ya es otro tema.
-       ¿Quién soy Doli?- sentí una punzada en el pecho al ver que mi pregunta fue ignorada
-       ¿Quién es ella?- le ayudó mi padre señalándome
-       Mi…mi…hija
Otra vez se ha vuelto a equivocar. Cada día me pone un parentesco distinto. Pero no me cabreo, lo entiendo y me contento con saber que por lo menos para ella soy alguien de la familia.