Como cada semana desde hace un año, llegamos a aquel sitio
que en un principio me parecía maravilloso. Las palmeras, los rosales y el
verde césped de la entrada, te evadían de la cruda realidad que se instauraba
en el interior del edificio. Una vez que entras por las puertas acristaladas
todo cambia y lo hermoso de la fachada desaparece en menos de un segundo.
Rápidamente te impregnas por un olor a hospital, el cual a mí me parece
insoportable. Cruzamos el pasillo que conduce a la sala en la que la mayoría de
los ancianos desperdician su tarde mirando sin interés alguno hacia un enorme
televisor de pantalla plana. Por el camino hacia dicha sala, pasamos por una
gran habitación en la que, sobre la puerta pone un cartel que literalmente
dice: “no válidos”. Siempre me ha
molestado este cartel, ¿a caso a alguien le puede gustar que le califiquen como
un “no válido”? no pienso que este sea el término más adecuado para referirse a
los ancianos que por un motivo o por otro, sin ellos desearlo, hayan perdido la
cabeza o necesiten las
veinticuatro horas del día a un o una auxiliar que les ayude a poder
sobrevivir. ¿Dónde está la frontera que delimita cuando una persona pasa a de
ser “válida” a ser lo contrario?
Los ancianos no son objetos con o sin validez, este cartel me parece una falta
de respeto. Eché una mirada hacia el interior de la habitación, en menos de los
tres segundos que me llevó dicha ojeada, pude ver como la vida nos pasa
factura. Allí dentro había ancianos esqueléticos, agarrados a la vida a través
de un enchufe, con un pie en el cementerio. Cada día que paso por esta zona me
prometo no volver a mirar, pero me resulta inevitable. Llegamos por fin a la
sala del televisor y allí estaba.
Miraba hacia el suelo sentada sobre su sillita de ruedas. Muchas
mujeres, también ancianas, reposaban sobre sus respectivas sillitas muy cerca
de mi abuela, como si fuesen una pandilla de amigas que se reunen para hablar
de sus ligues, solo que este grupo de mujeres no hablaba. Quizá se sentaran
juntas para no sentirse solas, simplemente para escucharse respirar. Mis padres
y yo las saludamos efusivamente, pero ninguna de ellas nos devolvió el saludo.
Aceleré el paso y me arrodillé para poder besar y abrazar a mi abuela.
- ¡Doli! ¿cómo estás?-me respondió con una sonrisa entre
lágrimas -¡tenía muchas ganas de verte!
- ¿Qué tal suegra? ¿cómo andamos? ¿se encuentra usted
mejor?- dijo con su sonrisa intachable mi padre. Me encanta que sonría siempre,
por muy dura que sea la realidad.
- Mamá, ponte derecha que luego te duele la espalda. Deja
que te de un abrazo.
Mientras mi madre se abrazaba con la mujer que le dio la
vida, recordé aquel primer día, a principios de julio, cuando llevamos a la abuela a la
residencia de la que desde entonces no había salido. Por aquel entonces,
Dolores, mi abuela, tenía un comportamiento un tanto arisco, lejos de lo sumisa
que muestra ahora. Negaba su
enfermedad ya evidente, aquella por la cual, desde hace dos años, empezó a
decir cosas extrañas. Como si un gusano se hubiera acomodado en su cerebro y
empezara a deborar todos sus recuerdos, del más reciente al más lejano. Ya no
podía seguir viviendo sola en su piso. Había llamado en tres ocasiones a la
policía para decirles que le robaban en su casa. Dolores no comprendía por qué
las cosas no seguían en el sitio donde ella recordaba dejarlas y prefería
echarle las culpas a otra persona. Fue por esto unido con otras muchas
anéctotas por lo que mi madre, junto a sus dos hermanas, decidieron que lo
mejor para la abuela era llevarla a una residencia, con otras personas de su
edad.
El ensordecedor grito de un anciano con el rostro chupado y
piernas frágiles de cristal me devolvió a la realidad. Volví la mirada hacia mi
abuela, la mujer que me ha cuidado durante años mientras que mis padres
trabajaban, aquella a la que siempre le he tenido un cariño especial y con la
que he pasado horas y horas desde el inicio de mi existencia. Me estaba
sonriendo, y yo, tristemente, no pude evitar curvar mis labios, mostrándole una
forzada pero bonita sonrisa. Y es que, en realidad, llevo tiempo interpretando
un papel de niña feliz que no me corresponde, pero eso ya es otro tema.
-
¿Quién soy Doli?- sentí una punzada en el pecho
al ver que mi pregunta fue ignorada
-
¿Quién es ella?- le ayudó mi padre señalándome
-
Mi…mi…hija
Otra vez se ha vuelto a equivocar. Cada día me pone un
parentesco distinto. Pero no me cabreo, lo entiendo y me contento con saber que
por lo menos para ella soy alguien de la familia.
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